Era domingo por la mañana y todo estaba listo para la cesárea del siguiente día donde nacerá nuestra hija Mariam. Los días previos, mi esposa ya había estado experimentando los síntomas que indican que la hora del parto se acercaba. Había noches en las que me espantaba, ya que se despertaba quejando debido a las contracciones; yo inmediatamente quería correr al hospital, pero ella me decía: ¡Espera, todavía no, ahorita se me pasa!
Ya habían pasado 9 años desde que nació Baruc, uno de nuestros hijos, cuando, curiosamente, también un domingo por la mañana, tuve que atravesar por 1 hora la ciudad con mi esposa, sufriendo a mi lado los dolores de parto para llegar al hospital.
Ahora, el inconveniente, por así decirlo, es que estamos en un rancho y el trayecto a la ciudad para llegar al hospital nos costará más de 1 hora en un camino con muchas curvas, así que lo menos que quería era salir corriendo y que mi esposa tuviera que pasar por lo mismo. Pero ahora sé que no existe la satisfacción de dar a luz sin dolor. Al menos, en la experiencia de mi esposa, no ha sido así, ya ven que ahora los hospitales venden «partos sin dolor».
Así ese domingo transcurrió con normalidad, por la mañana tuvimos la reunión de iglesia acostumbrada y precisamente nos tocó predicar sobre lo importante que son los niños para Jesús, basado en Mateo 19:13-14. Y bueno, como no hay casualidades, creo que con este mensaje Dios me estaba recordando la responsabilidad tan grande que tengo de cuidar e instruir a esta niña en los caminos del Señor, al igual que a mis otros dos hijos, por supuesto. En todo este tiempo, mi esposa lucía bien; ella decidió que nos fuéramos muy temprano en la madrugada para llegar a cerca de las 6 a.m., ya que la cirugía estaba programada a las 7 a.m.
El resto de la tarde la pasamos empacando las últimas cosas que necesitábamos llevar al hospital para la bebé, también revisé el auto previendo que todo estuviera bien y que pudiéramos salir sin contratiempos, etc. Uno nunca sabe, ¿verdad? En fin, ya en la noche nos fuimos a dormir, aunque de verdad no lo hicimos. Tratamos de conciliar un poco el sueño; siempre existe cierto temor de que las cosas no salgan bien, pero aquí es cuando nos aferramos al Señor y nos abandonamos a Él al reconocer que Él es bueno y que siempre está bajo control.
Aproximadamente a las 12 a.m., mi esposa empezó a experimentar dolor, pero ahora más intenso; creyó, como antes, que se le iba a pasar e intentó dormir de nuevo. Minutos más tarde, otra vez una contracción le sobrevino, pero ahora más larga y fuerte que la anterior, y fue cuando me dijo: «Heber, ya vámonos». Wow, en ese momento, por la adrenalina, uno responde en automático. Eran las 2:30 a.m. cuando subimos al auto; gracias a Dios que antes de dormir ya había puesto en este todo lo que necesitábamos, así que, sin demora, salimos del rancho. Ahora mi esposa iba gritando debido a que el dolor se estaba agudizando, y yo pensaba que todavía nos quedaba una hora de camino, así que, en mi mente, rezaba mientras intentaba hacerle plática para distraerla y que no se centrara tanto en el dolor que estaba experimentando, pero en ratos esto no funcionaba. El trayecto se me hacía largo; gracias a Dios que a esa hora no había tráfico. Lo único que pedía era que en el camino no se nos atravesara un caballo o una vaca, lo cual ha pasado y ha causado accidentes.
La historia de hace 9 años se volvió a repetir; por momentos, mi esposa clamaba por ayuda al Señor, mientras yo la animaba. Creo que esta vez no sé cómo, pero como nunca volé por la carretera y además de noche, sin duda el Señor me ayudó. Así llegamos a las 3:30 al hospital. Y Dios dispuso todo para que pronto atendieran a mi esposa. Después de valorarla y todo lo que eso significa, nos dijeron que la pasarían a quirófano, que ya todo estaba listo para que naciera la bebé.
El médico me preguntó que si yo quería pasar al quirófano, a lo que respondí: ¿Si mi esposa quiere, sí? Ella me miró y después dijo: sí.
Asi que después de cambiarme, me ingresaron a la sala y me pusieron un banco junto a ella, donde podía tomarle la mano y darle ánimo. Desde ahí, ¡lo vi todo! En la vida he vivido algunas impresiones fuertes, por lo cual me sentía listo para ver algo así. Se sabe de hombres en estas circunstancias que se desmayan o que prefieren no estar presentes, pero además yo sabía que el Señor estaba con nosotros, dándonos confianza y fortaleza.
Mientras los medicos hacian su funcion de seccionar el cuerpo de mi esposa para sacar a Mariam yo en mi mente oraba y mi esposa bromeaba. Cuando precisamente le estaban pasando un cautin caliente para diseccionar el tejido graso (la piel), cuando salio un poco de humo por el calor ella exclamo: ¡tengo hambre, es que ya esta oliendo a chicharrón!. Asi el equipo de medicos empezo a reir.
¡Benditas mujeres, qué fuertes son! —pensé. Creo que por eso en parte una madre ama tanto a sus hijos, por todas las penalidades que tiene que experimentar para dar a luz.
Luego vino la pediatra, se acercó a nosotros y, después de presentarse, nos dijo que al nacer ella recibiría a la bebé y se la llevaría a la siguiente sala para checarla, y después no la trataría. Y así sucedió, mientras sostenía el brazo de mi esposa, el médico dijo: ¡señora, va a sentir un pequeño empujoncito porque ya vamos a sacar a su hija! Yo estaba en primera fila y pude ver cuando la cabeza de la niña se asomaba por primera vez; segundos después, al aspirarle el agua de la boca con una bombilla, empezó a llorar. ¡Qué experiencia tan maravillosa! Creo que ese primer llanto nunca lo vamos a olvidar, todo fue tan rápido pero tan significativo. Inmediatamente, la pediatra la tomó en una cobija y se la llevó a la siguiente habitación. La cirugía todavía tardó como 40 minutos más en completarse. De verdad, que los médicos son excelentes, muy experimentados y, además, amables; algo que ante tanta presión se agradece. Enseguida nos trajeron a Mariam y se la pusieron muy cerca de la cara a mi esposa; ella, como madre (instinto, supongo), la besó y se emocionó. Yo, al verla tan pequeña y frágil, hasta tenía miedo de tocarla, pero me sentía muy contento y agradecido con Dios por mi primera hija. Y lo demás todavía es historia que falta por escribirse… Y todavia estoy aquí en una habitación del hospital, esperando que traigan a mi esposa y a Mariam después de cumplir las 2 horas de recuperación. ¡Muero por verlas! disculpenme si he sido demasiado grafico al relatar esta experiencia, pero como no compartirlo con ustedes. Mi corazón está sumamente agradecido con Dios que todo salio bien y también con cada uno de ustedes por tantas muestras de cariño y apoyo para que esto pudiera llegar a feliz fin.
De todo corazón, muchas gracias. Deseo que nuestro buen Señor les bendiga en sobremanera y ahora seguimos adelante con nuestro ministerio y en esta nueva etapa en la crianza de los hijos.
¡Bonito y bendecido dia!
Heber y Angelina.
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